Todas las semanas tienen su domingo y recuerdo que antes esos domingos, especialmente sus tardes, eran un auténtico tormento. La agonía y la decadencia comenzaba nada más terminar la comida. Miraba el reloj a cada rato para ver pasar el tiempo con sus segundos, sus minutos y sus horas. La angustia se iba extendiendo por todo mi cuerpo formando primero un pequeño nudo en el estómago y luego un malestar generalizado con un único pensamiento en mi interior: ¡mañana lunes estaré enferma y no podré ir a trabajar!
Pero los lunes siempre llegaban con el malicioso sonido del despertador a las 05.00. Y yo no estaba enferma y esas no son horas para levantarse. ¡Es inhumano! A esas horas la luna sigue dominando el cielo y todavía queda un buen rato para que mi adorado Dios Ra tan siquiera se atreva a asomarse por el horizonte. ¡Las calles no están puestas! ¡La vida prácticamente no existe! ¡Y el edredón de mi cama me llama a gritos para que vuelva a su lado! Y a las 05.00 de la madrugada no os podéis imaginar las ojeras que una puede llegar a tener. El careto que espanta al mismísimo espejo que se ponía del revés con tal de no verme. Y después de un rápido, rapidísimo café (porque a esas horas de la mañana hay que ahorrar tiempo porque 5 minutos más en la cama es casi media vida) bueno después de un rapidísimo café llega el tiempo. Asomo la nariz para ver si llueve, está nevando, hay heladas, niebla o cualquier otra cosa. Si llueve mal asunto, porque no me gusta mojarme y odio el paraguas, si hay nieve todavía queda la esperanza de poder quedarme en casa por el cierre de carreteras, si hay heladas me toca rascar el cristal del coche para poder ver la carretera y si hay niebla más vale rezar para encontrar a otro pobre mortal en la carretera a quien seguir para no perderme.
No, si es que el lunes no tiene perdón, de ahí la angustia todos los domingos. Pero curiosamente he sobrevivido y todos los lunes de mi vida llegaron a amanecer y descubrí que en la carretera, de camino al trabajo, había otros en la misma situación que yo. Caras cansadas con pocas ganas de jolgorio. Pero a veces, en la oscuridad de la madrugada, mi mirada se cruzaba con la de otro conductor y nos sonreíamos. ¡Dos pobres diablos camino del trabajo un lunes muy temprano por la mañana! No estábamos solos y eso reconforta. Y era lunes de madrugada, el comienzo de una nueva e inexplorada semana, seguro que con grandes vivencias y novedades. Feliz lunes a todos.
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