Duele el corazón. Duele. Pero no de dolor de corazón, sino de dolor de recuerdos. Recuerdos que te vienen a mente con la música. Sonidos que penetran por cada poro de tu piel. Sonidos que se mueven en tu interior, recorriendo el camino de la sangre hasta llegar al corazón. Y ahí, según sea el recuerdo de cada palabra, de cada compás, de cada nota.... pues eso.... te dolerá más o menos. Pero no es un dolor a usanza; es otro tipo de dolor. Ese que a veces duele de verdad y que otra, con su dolor reconforta. Así son los recuerdos. Los nuestros, de los seres humanos. Tan frágiles que cualquier día se nos rompen.
¿Quien inventó la música?
¿Tiene nombre?
¿Tiene premio Nobel (acentuado en la e, porque es un apellido y así se llamó el buen señor, que no en la o como se empeñan en este estupendo país que es también el mío)?
¿De dónde viene la música?
¿Quien? ¿dónde? ¿cómo?
Da igual. Gracias por esa fragilidad humana que está compuesta por las notas que componen la escala musical, que son el sonido de nuestra vida.
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