Se llamaba Jade Goody y tenía cáncer terminal. Sin duda una tragedia para todo su entorno familiar. Y murió. Pero no murió en el anonimato como lo hace la inmensa mayoría de mujeres que sufren el mismo mal. No, ella no murió así. Murió rodeada de cámaras y a través de esas cámaras, de cientos de miles de personas que no la conocían de nada pero que en ese momento la idolatraban y que probablemente dentro de pocos días no se acordarán de ella.
Era una venta de su vida, de su tragedia, de su cáncer. Dicen ahora que fue una llamada de atención a todas las mujeres que pueden sufrir la misma enfermedad. Y en su país natal, incluso los políticos de esa misma nación, aseguran que gracias a ella muchas mujeres han dado el paso decisivo para prevenir esa misma tragedia.
Pero no nos dejemos engañar. Porque si bien la muerte de Jade Goody, su muerte en directo, tras su boda en directo, su sufrimiento en directo (todo ello previo pago, naturalmente) ha llevado a muchas mujeres inglesas a la consulta preventiva, no debemos olvidar quien era Jade Goody.
Jade, mucho antes de caer enferma, ya era una estrella de la televisión británica, del "reality show" del gran hermano en su país, vendiendo sus intimidades por dinero. Un polvo aquí, otro por allá, insultos, menosprecios, odios y demás cosas que traen esos programas que no hacen otra cosa que vender lo más ruin del ser humano. Y digo ruin no por lo que los seres humanos hacemos, porque ni el sexo ni los odios, ni nada de eso, ni muchas otras cosas mas son ruines; lo realmente ruin es venderlo por dinero.
Será que somos tan frágiles que tenemos que recurrir al vil metal, bueno ahora más bien al vil papel.
Pero no quiero que nadie se confunda. Porque yo siento la muerte de Jade, a esa edad, con toda la vida por delante con sus hijos. También soy madre y me imagino el vacío de su familia.
Pero que nadie se confunda. Porque creo que no debemos vender nuestras vidas, y menos aún nuestra muerte por algo tan vil como el papel.
Se que la vida del ser humano es frágil, es una vida de cristal, pero no puede ser tan frágil que se deje romper por algo todavía más frágil, como lo es el papel.